domingo, 26 de junio de 2011

... no echarte de menos

¿Cómo se aprende a vivir lejos de lo que más quieres? ¿Es posible decir adiós a esta ciudad tan bonita? Sobre todo cuando una no está de paso, sino que ha crecido, llorado, reído y se ha enfadado entre sus muros. En la Plaza de España los viernes eran días de quedada. Y en Anaya mil veces me perdí entre mis pensamientos. Te dije te quiero por primera vez donde muchos años antes lo hicieron Calixto y Melibea. No un te quiero de los que se dicen con palabras, porque esos ya están muy usados. Me refiero a los que te impulsan a andar por la vida con el alma en cueros. A sentirte valiente. Muy valiente. Y entre esas callejuelas que marcan el rastro de la ciudad vieja, el corazón de Salamanca, me hice mayor.

¿Quién te va a sacar ahora de quicio? ¿Quién se va a dejar caer por tu Plaza para gritarte en la noche lo maravillosa que eres? ¿Quién me va a llenar de ganas cuando las cosas se pongan feas? Empaparme de lluvia por la calle Toro mientras observo los escaparates como los niños miran fascinados la primera vez que ven un circo; o tiritar de frío esperando a que luzcas el traje de la primavera. Quejarme de ti, de tus gentes, de tus gustos. De tus injusticias, de tus engaños. Para aprender que entre tantas espinas, hay una rosa. Roja. De las que a mí me gustan.

¿Cuántas veces me habré enamorado de ti? Muchas más, sin duda, de las que pensé en dejarte atrás. Y ahora mira, me marcho. Y no te llevo en la maleta. No es que no quiera llevarte, me duele no poder hacerlo, es que no puedo. Y mientras tú te quedas aquí, como espera un fiel amante al amor de su vida, para que el día en que yo regrese puedas decir: "Ya estás en casa, otra vez".

sábado, 25 de junio de 2011

Comenzando

Qué queréis que os diga, yo siempre fui de las que les costó cerrar etapas. Durante mucho tiempo deseé que nada a mi alrededor cambiara, que todo se mantuviera constante y que, cuando pareciera que algo iba a alterarse, como un da capo en música, todo volviera a comenzar para mantenerse intacto como siempre. Pero ya les digo, yo fui.
Porque he aprendido que es necesario que las cosas se muevan, que cambien de sitio, que la vida de vez en cuando me dé una bofetada para disfrutar más de sus caricias, para valorarlas. Para quererlas, desearlas, apetecerlas. Que es bueno, muy bueno, que el mundo no se mantenga quieto. Que los que tenga que entrar en mi vida, entren; y que los que deban salir, lo hagan con una sonrisa. Que los buenos, no son tan buenos; ni los malos, malos malísimos. Que hay que aprender a decir que no. Que las decepciones no son tan amargas cuando se ven con cierta perspectiva. Y que lo que no merece la pena, no la merece. Y punto.
Que después de cuatro años, cierro una etapa. Y mirad lo que os digo: que la cierro con muchas ganas. Que hay que aprender a vivir las experiencias y a ponerles punto y final cuando toque. Y ahora, es lo que toca. No penséis que se trata de dar carpetazo a una mala experiencia, que de todo ha tenido.


Que he conocido a personas ma-ra-vi-llo-sas. De esas con las que, después de veinte, treinta y cuarenta años, sigues teniendo algo de que hablar. Con las que vibras. De esas que, sin preguntar, se quedan a tu lado, por si las necesitas, por si quieres compartir (lo que sea) con ellas. De las que no juzgan, solo escuchan. No es que cierre ahora la puerta para ellas, es que me las llevo conmigo, a donde quiera que vaya.

Cierro una puerta, abro una ventana. Y que lo que venga, venga con fuerza. Que lo exprimiré con fuerza para saborear todo su jugo.