Qué queréis que os diga, yo siempre fui de las que les costó cerrar etapas. Durante mucho tiempo deseé que nada a mi alrededor cambiara, que todo se mantuviera constante y que, cuando pareciera que algo iba a alterarse, como un da capo en música, todo volviera a comenzar para mantenerse intacto como siempre. Pero ya les digo, yo fui.
Porque he aprendido que es necesario que las cosas se muevan, que cambien de sitio, que la vida de vez en cuando me dé una bofetada para disfrutar más de sus caricias, para valorarlas. Para quererlas, desearlas, apetecerlas. Que es bueno, muy bueno, que el mundo no se mantenga quieto. Que los que tenga que entrar en mi vida, entren; y que los que deban salir, lo hagan con una sonrisa. Que los buenos, no son tan buenos; ni los malos, malos malísimos. Que hay que aprender a decir que no. Que las decepciones no son tan amargas cuando se ven con cierta perspectiva. Y que lo que no merece la pena, no la merece. Y punto.
Que después de cuatro años, cierro una etapa. Y mirad lo que os digo: que la cierro con muchas ganas. Que hay que aprender a vivir las experiencias y a ponerles punto y final cuando toque. Y ahora, es lo que toca. No penséis que se trata de dar carpetazo a una mala experiencia, que de todo ha tenido.
Que he conocido a personas ma-ra-vi-llo-sas. De esas con las que, después de veinte, treinta y cuarenta años, sigues teniendo algo de que hablar. Con las que vibras. De esas que, sin preguntar, se quedan a tu lado, por si las necesitas, por si quieres compartir (lo que sea) con ellas. De las que no juzgan, solo escuchan. No es que cierre ahora la puerta para ellas, es que me las llevo conmigo, a donde quiera que vaya.
Cierro una puerta, abro una ventana. Y que lo que venga, venga con fuerza. Que lo exprimiré con fuerza para saborear todo su jugo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario