Lo que más le gustó de él es que siempre le regaló las sorpresas que se escondían dentro de las bolsas de palomitas. Solía dejárselas en la esquina inferior derecha de su mesilla cuando ella no estaba. Siempre en el mismo sitio. Toque de perfección, de rutina, de manía. De querer hacer las cosas bien. A veces eran calcomanías de animales, otras veces eran de flores y, cada cierto tiempo y cuando la suerte estaba de buen humor, los bordes estaban adornados con purpurinas de colores. Las que más le gustaban eran aquellas en las que no podía adivinar el dibujo. Eso le permitía imaginarse cientos de posibilidades y cada vez que tomaba una de esas calcomanías en sus manos era como si las viera por primera vez. Era como si él le hiciera en un regalo mil regalos a la vez. Era para llorar de gusto. Para reír de alegría. Para enamorarse cada día de la esquina inferior derecha de su mesilla, por estar siempre llena, y de las manos que la mantenían así. Era maravilloso que alguien se acordara de ella mientras en su boca se deshacía maíz tostado. No sabía explicarse a sí misma a qué se debía. A lo mejor a él el olor a palomita le recordaba a ella. Quizás tenía el sabor característico de las graminias. O simplemente era cuestión del azar. La suerte, que había querido premiarla a ella, sin motivo alguno, con alguien tan especial. El caso es que no hubo un solo día de su vida en el que él no la hiciera sonreír con ese gesto. Daba igual si había tenido un día borroso, de esos de cielo encapotado y bolsillos vacíos de ganas, porque él (y sus palomitas) lo inundaban todo de una exquisita ternura. Un cariño que se metió muy dentro de sus huesos y que le permitió seguir adelante cuando él se marchó. Porque con el tiempo, se fue. Y aunque dejó de oler el viento a palomitas y la purpurina se desvaneció como un suspiro, a ella siempre le quedaron aquellas calcomanías de dibujos imprecisos, como regalos eternos que él desde algún lugar del mundo le siguió dejando en su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario