Porque aunque en la cinta Dorothy vista sus pies con ese color, la realidad es que Lyman Frank le otorgó unos zapatos de plata, pertenecientes a la Bruja mala del este. Vamos que brillaban más que cualquier lentejuela. Y debían de pesar otro tanto. No sé cómo la pobre Dorothy pudo aguantar durante las más de doscientas hojas que tiene el libro con esos zapatos. Maravillosos, todo hay que decirlo, como El Mago de Oz al que la cultura popular le ha despojado de ese calificativo en sus diferentes ediciones. Pero volviendo a los zapatos, de plata por supuesto los pintó el dibujante Denslow cuando se publicó el libro en 1900.
El caso es que me han entrado unas ganas locas de comprarme zapatos. Porque para adquirirlos tampoco es que Frank tenga que animarme mucho. Yo solita me convenzo. Pero sobre todo me han entrado ganas de caminar por esas baldosas amarillas y llegar hasta Oz para pedirle más sesos, como El Espantapájaros, pues tanto corazón me está volviendo tonta. Tonta de remate. De la cabeza a los pies. Tanta tontería acumulada que se me escapa por las pestañas en un intento suicida de deshacerme de ella. Porque resulta que te quiero a ti más de lo que me quiero a mí misma. Y eso siempre fue un error. Que-lo-dicen-en-todos-los-sitios ¡Ay! ¡Quién fuera, de vez en cuando, El hombre de hojalata!
No, no. No me miren, piensen, sientan mal. Que yo sé que eso de no tener corazón es lo más descorazonado del mundo. Pero es que ojo ¡Ojo! Que a veces la vida es muy puñetera. Y al final, pasa lo que pasa, que ni magos hay como Oz ni todos los días tienen finales felices. Que sí. Que sí. Que es cierto eso que dice El hombre de hojalata que es necesario tener corazón porque nos guía, pero es que a veces debe tener perdido el norte. Porque nos lleva por unos caminos que más nos valdría habernos extraviado. Que tener corazón no significa que estemos libres de equivocarnos. De equivocarme contigo. Conmigo.
(Fotos de Annie Leibovitz)













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