viernes, 2 de septiembre de 2011
Cuando éramos felices
A esta parte de nuestra vida la voy a titular Cuando éramos felices. Y entonces ella empezó a juntar todas las fotos que más le gustaban, mientras él la miraba extrañado. Como si la viera de lejos. Tan lejos como cuando no podía tocarla. Solo que en aquella ocasión, se moría de ganas; y ahora, ya no sabía si quería tenerla entre sus brazos. Ella, que era muy lista, se había dando cuenta hacía tiempo. Pero el corazón es así, cabezota. Y no puede por menos que intentarlo una última vez. Aunque al final siempre acaben siendo muchas últimas veces. Pero esta vez, ella se lo dijo con serenidad: "Cuando éramos felices" "¿Yo no lo somos?", se preguntó él. Y ella lo miró como adivinando su pensamiento. Y se encogió de hombros, como diciéndole "eso es lo que intento que me respondas". Pero él, claro, no era como ella y no podía comprender lo que quería decirle. No adivinaba su pensamiento. No era tan rápido. No había querido nunca tanto como ella. No podía hablar del amor, cuando este se le escapaba de las manos. De las manos, de la boca, del corazón. De las ganas. Así que se quedo callado. Callado y a su lado, sin hacer nada. Cuando ella terminó su álbum de fotografías, se lo enseñó orgullosa. Y le dijo: "Esta. Esta es la que más me gusta. Aquí podía sentir tu cariño. Podía darle mordiscos ¿No es gracioso? ¡Podía comerme el cariño que me debas! Debió de perderse". Se le abrieron los ojos "¿Cómo puede soltar esas palabras con esas facilidad tan pasmosa?". Ella sonrió. Para sí. Para él. Para el mundo. Y terminó diciendo: "Me apetece un día de besos y cuentos de princesas. Cuentos tenemos muchos, pero no sé cuántos besos nos quedan".
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