domingo, 11 de septiembre de 2011

La mejor venganza, seguir adelante

Recuerdo el 11 de septiembre como un día de escombros y polvo. Esa mañana me había despertado como cualquier día lectivo para ir al instituto. Era el primer año que no jugaría en el patio del colegio de mi pueblo. Me había hecho mayor. A medida que avanzó la mañana los rumores se mezclaron con los hechos y yo no entendía nada. Comprendedme, no es que no supiera lo que era un atentado es que no podía creérmelo.
Por desgracia tomé conciencia de lo que era el terrorismo con tan solo ocho años, cuando en 1997 ETA (que ya tenía una larga historia a sus espaldas) asesinó a Miguel Ángel Blanco. Aquel día, como el 11 S, también se tiñó de gris. Entonces yo era demasiado pequeña para comprender que alguien tuviera tanto poder como para arrebatarle la vida así a una persona. Mientras jugaba con mis vecinos en el salón de su casa, por más que intento recordarlo no sé con qué nos estábamos entreteniendo, sonó su teléfono. El cura de nuestro pueblo, un chico jovencito al que le gustaba salir de fiesta con los jóvenes del pueblo y acercarse a ellos a través del deporte, informó a mi vecina de lo ocurrido. Segundos después de que colgara el teléfono, mi madre volvió a llamar. Y a su amiga, a mi vecina, le dijo: "Ya lo han matado". No puedo explicaros lo que sentí, apenas recuerdo cómo fue el camino de regreso a mi casa, a tan solo unos metros de la de mis amigos, me lo imagino como cuando vas en una procesión, con pasos lentos y pesados. Como en un funeral. Solo que yo no conocía quién era el muerto ni entendía porqué lo habían matado. Cuando llegué a casa, mi madre lloraba ¡Lloraba a lagrima viva, como si hubiera perdido a un hijo, por alguien que no conocía! No puedo tampoco explicar las lágrimas que resbalaron por mis mejillas. Tenía solo ocho años y descubrí lo terrible que podía ser el mundo. No es necesario que explique que, como en mi casa, toda España lloró. Desde ese día yo tomé conciencia de lo que los grupos terroristas eran capaces de hacer.
Imaginaros entonces cuando ocurrió el 11 S, miles de víctimas entre muertos y heridos. En España era mediodía cuando las aviones se estrellaron. La comida en casa se enfrió en los platos. Y como platos se quedaron mis ojos al ver cómo se deshacían en cenizas las Torres Gemelas. Aquellos dos gigantes, que bien podrían haber sustituido a los molinos de viento que Cervantes puso ante los ojos de El Quijote, dejaban de existir para siempre. Con 12 años estos atentados volvían a mostrarme la cara más oscura del terrorismo. Poco imaginaba que después llegarían Madrid y Londres.
Diez años han pasado desde entonces y, sabiendo mucho más sobre terrorismo (sobre cómo se organizan, sobre cómo piensan estos grupos, sobre qué buscan), sigo sin entender que haya gente que sea capaz de perpetrar actos como el del World Trade Center. Todos sabemos qué vino después: la invasión de Afganistán y de Irak, cambios en la política de seguridad, el rechazo del mundo a las guerras, especulaciones sobre el atentando, un endeudamiento que se agravó con la crisis económica...y la muerte de Bin Ladem. Y lo peor de todo, las matanzas de civiles, que siguen cometiéndose día tras día, sin tener sentido.
Cada vez que veo alguna imagen de personas saltando al vacío desde las torres no puedo por menos que horrorizarme. El grado de pavor que tuvieron que vivir debió de ser colosal. Y no. No lo merecían, claro. Su único pecado fue estar en el lugar y en el momento inadecuado.

Se cumplen diez años desde los atentados del 11 S y para mí es más que recomendable el especial que El Mundo ha hecho. Porque la mejor venganza no es la de convertirnos nosotros también en asesinos, es la de que, recordando a los que se fueron para que nunca queden en el olvido, hay que seguir adelante. Con la cabeza alta.

http://www.elmundo.es/especiales/internacional/2011/11-S/

http://www.elpais.com/articulo/internacional/decada/alumbro/ocaso/elpepiint/20110911elpepiint_1/Tes

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