Y después todo llegaba de sopetón. El olor a patatas fritas y a gofres. Las manzanas asadas y el algodón de azúcar. Sin embargo a papá le gustaba más comer alguna carne asada. No se lo reprocho. Los paladares adultos son más exquisitos. A mí, en cambio, me llamaban más la atención el rojo brillante de las manzanas, las almendras fritas y el algodón de azúcar. Y entiéndanme bien, me llamaban la atención. Nada más. Porque nunca me gustó su sabor. Siempre envidié a la gente que podía atiborrarse con el azúcar rosa. Mi estómago y mi paladar nunca lo aceptaron.
Lo que sí disfrutaba todo mi cuerpo era recorrer las calles de los puestos, observar qué atracciones eran nuevas con respecto a los años anteriores y encontrar la más codicionada, los coches de choque. Los coches "chocones", que decíamos todos. Tampoco se me daba bien esta atracción. Por más indicaciones que daba papá, no hacía más que dar vueltas sobre mí misma hasta que alguien, compadeciéndose de mí o por pura diversión (más lo segundo que lo primero, mirándolo con perspecitva), chocaba contra mí y me sacaba de la espiral que me estaba tragando. Entonces papá y mamá reían. Y yo pensaba, "quizás el año que viene, salga mejor".
Nunca salió mejor, pero a mí me gustaba bajar a las ferias y oír a todo el gentío, a las músicas que acompañaban las atracciones de los feriantes y al circo. Creo que nunca puede faltar en una buena feria. El circo y sus animales. Domadores, bailarinas, equilibristas y luego, los más exóticos, contorsionistas o "el hombre lobo", "la mujer que vuela"...
Como volaba mi imaginación pensando cada año en las novedades que los feriantes, cansados de andar de pueblo en pueblo con sus vidas agitadas (es difícil vivir a base de gustar a los demás), traían a la ciudad. Estas gentes que hoy no gozan del prestigio de antaño, que ven como muchos no se acercan a sus puestos porque los bolsillos están tiritando; esas familias enteras que han sabido hacer de la diversión su modo de vida. Deberíamos envidiarlos. A todos. Porque no es tan fácil conquistar a un niño con una atracción, los pequeños son más exigentes que los mayores; porque mucho más difícil es no tener un hogar fijo en el que descansar cada noche; porque no todo el mundo está hecho para regalar sonrisas todos los días de su vida. Envídienlos porque son unos personajes de lo más interesantes.
Recuerdo cuando salíamos por la puerta, con algún peluche o con el estómago lleno, con las zapatillas mojadas si habíamos subido a las atracciones de agua, que a mí se me hacía un nudo en el estómago al dejar atrás ese mundo maravilloso donde todo era posible. Recuerdo la tristeza de ver cómo los feriantes desmontaban todo y se iban a otro pueblo. Pero también me acuerdo de la tranquilidad que me suponía saber que el siguiente año regresarían.
Ahora, que siguen viniendo año tras año, con la crisis, con los cambios de costumbre, con lo raritos que nos hemos vuelto todos un poco, ya no se valora tanto esta feria. Pero qué quieren que les diga, para mí siempre serán unos días maravillosos.
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