miércoles, 31 de agosto de 2011

A mis compañeros del Marca

Dicen que las despedidas son siempre amargas. La verdad es que, por mucho que se las quiera endulzar, cuesta cerrar etapas. Por eso yo os propongo desde aquí que esto no sea un adiós definitivo, dejémoslo en un hasta luego. Un punto y a parte, pero no un final. Cuando la vida te pone en medio a gente que merece la pena (esto es: a gente que sin conocerte de nada, sin juzgarte, sin prejuicios, te da un beso después de no verte un fin de semana, te ofrece un abrazo cuando estás triste, te regala un detalle en tu día especial, se sienta a tu lado simplemente para ver qué tal ha ido el día...), una debe hacer el esfuerzo de conservarla ¡Qué digo esfuerzo! Tiene la obligación. Aunque podéis estar tranquilos. No me supone una carga el acordarme de vosotros, el seguir mimando las amistades que han nacido. Para mí es un placer. Porque aunque es cierto que hay gente que camina a tu lado solo por un tiempo y que después se marcha, otra gente se queda para siempre. No penséis que mi caso es el primero. Aquí estaré siempre que queráis.

GRACiAS por todos los momentos que me habéis regalado este veranito.


[Espero que cuando volvamos a encontrarnos antes que periodistas, antes que competencia, antes que nada os acordéis de que un verano no muy caluroso en Madrid fuimos compañeros]

martes, 23 de agosto de 2011

Posdata

Te has ido a Las Vegas. La ciudad de los casinos. Las copas. Las bodas. Las vidas paralelas. La ciudad que duerme de día. Que solo existe de noche. Yo me he quedado en los agostos de Madrid. Y mientras me hablas de las playas de San Francisco, de la verdadera comida americana, de las chicas que no mencionas y de cuya cintura podrías enamorarte cada día, de las noches de juergas, a mí me da aquí por hablar de apuestas. De echar las cartas y leer lo que dicen.
Que ahora parece que la gente tiene que irse lejos para echar de menos. No se dan cuenta que a veces, a escasos centrímetros de la piel de otro, también se está distanciado ¿Acaso en Los Ángeles o en Hollywood me necesitas más? ¿La gente se da cuenta de que quiere a otra persona cuando se aleja de ella? Resulta paradójico pensar que eso es lo que le queda al amor: vivir de la nostalgia de echar de menos a alguien cuando a diario se le ha echado de más,

A veces no es suficiente

No sé si las casualidades existen. Probablemente. Lo que sí es seguro es que a veces diferentes personas están pensando en lo mismo. Resulta que una compañera mía hoy proclama a los cuatro vientos la siguiente frase: "No trates con prioridad a quien te tiene como segunda opción". No he podido por menos que reírme. No de ella. No de la frase. De mí. De mí porque he pensado: "Bonita, esta frase te la han pintado para ti".  Y es que hoy también, por casualidad (o no), leí una entrevista en El Mundo de Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría que cree en "el amor que se trabaja día a día". Y entonces, mientras me asombrada de lo profundo del contenido de estas sencillas palabras, me vino a la mente la historia de una amiga. Una vieja amiga.

Mi amiga nunca creyó en príncipes azules ni en ranas que dejan de serlo cuando reciben el beso de una bella jovencita. Siempre considero tontas a aquellas que esperaban a que un hombre les sacara las castañas del fuego. Nada de alfombras rojas donde poner sus delicados pies. Ella prefería andar descalza, aun a riesgo de lastimarse, si con eso conseguía valerse por ella solita. Nada de caballeros que le abrieran la puerta. De vestidos que le oprimieran el corazón hasta el punto de sentir sus latidos en las sienes. Nada de cuentos de princesas. Pero un día se enamoró ¡Y qué carajo! ¿A quién le importa nada cuando está enamorado? Así que dejó que su hombre se convirtiera en un apuesto caballero, que la cogieran en brazos, que la metiera en una burbuja en la que nunca pasaba nada. Se dejó encandilar por palabras bonitas. Deseó ser la dueña del zapatito de cristal. Y comenzó a dejar de vivir su vida para vivir la vida de él. Para dedicarse por completo a su príncipe. Su príncipe que dejó de serlo en cuanto vio que tenía todo ganado. Nada de caricias. Ni te quieros. Promesas incumplidas. Palabras groseras. Noches de llanto. Llantos de día.

Si volviera a ver a mi amiga, a mi antigua amiga, le diría que se dejara aconsejar por las palabras de Rojas. Que el amor no es solo un sentimiento, "es una decisión, la determinación de trabajar el amor elegido". Si mi amiga hubiera sabido esto antes de enamorarse, se habría dado cuenta de que su caballero no lo era tanto cuando no se molestaba en cuidar su relación. Que el amor es un acto de voluntad, sí, pero de inteligencia también. Por eso, dice Enrique Rojas, no se debe cometer el error de convertir a la otra persona en algo excepcional. Y aquí enlazo con la frase de mi conocida. No hacer de la otra persona tu prioridad si esta no se ha comprometido, con voluntad e inteligencia, en la relación. Y es que eso de que el amor todo lo puede no es cierto. Estar enamorado no es suficiente: "Hay que saber dar y  recibir amor, conocer la importancia del lenguaje verbal y no verbal, las cosas que se dicen con las palabras y los mensajes que comunican los gestos", afirma Rojas.

A mí Enrique me ha enamorado, con inteligencia, al dar a conocer con sus palabras un poquito más acerca de lo que es el amor. Y me ha hecho pensar. En mi amiga. En mí. Sobre todo con una frase devastadora: "Mi experiencia clínica revela que un gran número de hombres solo se muestran cariñosos con sus parejas antes de tener sexo. Eso traduce una gran pobreza en la educación sentimental". Cuando leí estas palabras, me cayó una losa encima. Pensé en mi amiga. En los muchos momentos en los que me dijo "a veces es cariñoso" y en lo que venía después de aquellas palabras. Y quise decirle: A veces no es suficiente.

sábado, 20 de agosto de 2011

A tu salud

Lo amargo y lo dulce. Aprendí a disfrutar de su sabor. De su parte agria que se agarra a la garganta con la intención de no abandonarte. Del toque dulce de sus uvas. Sí. Me enseñaste a ver con otros ojos el vino. Afrutado. No otro. Nunca me ha gustado. No he sentido debilidad por él. No he muerto de placer vaciando una botella de un buen reserva, aunque sí me ha parecido curioso el oficio del catador. No, nunca he imaginado una escena importante de mi vida rodeada de una copa de tinto. Tampoco de burbujas de un champagne caro, no crean. Pero aprendí a saborearlo. Al vino. Y si no a disfrutar de su compañía, si no a adorarlo, sí a respetarlo. Como se honra a las personas mayores por la sabiduría que guardan en sus canas. Así hice yo con el (buen) vino. A tu lado. Aprendí que, como en una buena relación sexual, hay que desnudarlo poco a poco. Lo aspiré con ganas pero de forma delicada. Aprendí a excitarme con el roce de mi lengua en el fino cristal de la boca de una copa. A asir a esta con suma delicadeza, como cuando los amantes mezclan sus manos entre sus cinturas. Como la cintura de una bailarina de un joyero antiguo. Cintura de cristal. A dejarme envolver por su aroma. A embriagarme. A imaginar las gotas que se juntaban en mi paladar. A rechinar los dientes cuando por descuido o torpeza la botella rozaba la copa, igual que un vinilo rallado, igual que una relación rota. Que no suena. Que no tiene notas. Que no huele, no respira, no sabe a frutas. Igual que tú y que yo, sin vino.
Sin vino y sin nada. Como la bailarina sin tutú, el violín sin cuerdas, las pestañas sin su máscara, el carmín desgastado. Como los veranos sin soles, sin vestidos vaporosos, sin lunares en la comisura de los labios de una chica guapa. Como un rey sin su torre, como una escena importante de nuestra vida sin una canción. Como una copa de vino sin vino. Sin vino. Sin nada.
Cuántas lunas han pasado desde que aprendí a quererte. Con tu vino. Cuántas desde que nos descorchamos el uno al otro. Cuántas. Cuántas. Cuántas desde que decidiste vaciar la botella. Nuestra botella.

viernes, 12 de agosto de 2011

Llámalo SUERTE

La primera tormenta de verano. De un agosto caluroso. La primera tormenta en Madrid. Los pies descalzos sobre las aceras. Las luces de los coches iluminándolo todo. Los cristales de los edificios haciendo frente a la situación.
De vez en cuando viene bien que la lluvia te cale.

viernes, 5 de agosto de 2011

¿Y si te digo quédate?

A la mayoría no nos gusta. Sentirla cerca suele aterrar. Pone los pelos de punta. Te corta la respiración. Pero he aprendido a vivir con ella. Y he de reconocerlo: a veces sienta bien. De maravilla, diría yo. Como un vestido vaporoso que se amolda a la línea del cuerpo. Como una nueva barra de labios. Como la sonrisa de un niño. Aprendes a vestirte con ella. A caminar con ella. A hablar con ella. Y te das cuenta de que no es tan mala como dicen.
La soledad es lo que tiene, que hay que experimentarla para comprenderla en profundidad. Para poder hablar de ella con precisión. Estar solo. Sentirse solo. Quedarse solo. No gusta. Pero en muchas ocasiones es la mejor medicina. Mejor que un remedio casero. O que un curandero. Mejor que cualquier receta extendida en un papel.
Te enseña a encontrarte contigo mismo. A conocerte. A enfadarte y perdonarte. A comprender mejor a los demás. A hacerte valiente. Muy valiente. A saber caminar por la vida sin que otros te sujeten. Y eso siempre es bueno. Forma parte del proceso de maduración.
He aprendido a quererme paseando sola por esta ciudad gris. A encariñarme con las gentes del metro. A aspirar el olor de las letras de un libro. A desesperarme por perder el tiempo. A perderlo y que me guste perderlo. A echarte de menos. A echarte de más. A reconciliarme conmigo misma. Con mis ganas de todo y con mis ansias de nada. A pensar en mí, y solo en mí, sin sentirme egoista. A quererte un poco menos.
Estar solo, de vez en cuando, ayuda a poner las cartas sobre la mesa. A decidir qué as guardas en la manga y hasta dónde quieres subir la apuesta. A jugártelo todo. A saber retirarte a tiempo. A declararte en banca rota cuando es momento de hacerlo, cuando te das cuenta de que engañarte a ti mismo es la peor apuesta que puedes hacer en tu vida.



Y a pesar de que se lo debo a ella. A pesar de que me sigue ensañando cosas. A pesar de que me ha hecho más grande.... Cómo me hubiera gustado pedirte que te quedaras.