A la mayoría no nos gusta. Sentirla cerca suele aterrar. Pone los pelos de punta. Te corta la respiración. Pero he aprendido a vivir con ella. Y he de reconocerlo: a veces sienta bien. De maravilla, diría yo. Como un vestido vaporoso que se amolda a la línea del cuerpo. Como una nueva barra de labios. Como la sonrisa de un niño. Aprendes a vestirte con ella. A caminar con ella. A hablar con ella. Y te das cuenta de que no es tan mala como dicen.
La soledad es lo que tiene, que hay que experimentarla para comprenderla en profundidad. Para poder hablar de ella con precisión. Estar solo. Sentirse solo. Quedarse solo. No gusta. Pero en muchas ocasiones es la mejor medicina. Mejor que un remedio casero. O que un curandero. Mejor que cualquier receta extendida en un papel.
Te enseña a encontrarte contigo mismo. A conocerte. A enfadarte y perdonarte. A comprender mejor a los demás. A hacerte valiente. Muy valiente. A saber caminar por la vida sin que otros te sujeten. Y eso siempre es bueno. Forma parte del proceso de maduración.
He aprendido a quererme paseando sola por esta ciudad gris. A encariñarme con las gentes del metro. A aspirar el olor de las letras de un libro. A desesperarme por perder el tiempo. A perderlo y que me guste perderlo. A echarte de menos. A echarte de más. A reconciliarme conmigo misma. Con mis ganas de todo y con mis ansias de nada. A pensar en mí, y solo en mí, sin sentirme egoista. A quererte un poco menos.
Estar solo, de vez en cuando, ayuda a poner las cartas sobre la mesa. A decidir qué as guardas en la manga y hasta dónde quieres subir la apuesta. A jugártelo todo. A saber retirarte a tiempo. A declararte en banca rota cuando es momento de hacerlo, cuando te das cuenta de que engañarte a ti mismo es la peor apuesta que puedes hacer en tu vida.
Y a pesar de que se lo debo a ella. A pesar de que me sigue ensañando cosas. A pesar de que me ha hecho más grande.... Cómo me hubiera gustado pedirte que te quedaras.

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